Jesús miraba mujeres

Miércoles 14 de enero de 2015, Evangelio según San Marcos 1,29-39

La suegra de Pedro

JesusmirabaMaría Gloria Ladislao

publicado en “Jesús miraba mujeres”, Ed. Claretiana

El Evangelio de Marcos narra que Jesús comenzó a predicar el Reino de Dios a orillas del lago de Galilea:

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí  proclamaba la Buena Noticia de Dios: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.
Mc 1,14-15

Y seguramente todos tenemos presente que una de las primeras cosas que hizo Jesús fue convocar a quienes formarían parte de su comunidad: los pescadores del lago de Galilea.

Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Vengan conmigo, y yo los haré pescadores de hombres. Al instante, dejando las redes, lo siguieron”.
Mc 1, 16-18

Entonces nos surge la pregunta: ¿Jesús solamente llamó a los varones? ¿No convocó a ninguna mujer? ¿No tuvo discípulas mujeres? Seguimos leyendo el Evangelio de Marcos y nos muestra a Jesús que predica en la sinagoga de Cafarnaum (una ciudad a orillas del lago) y luego ocurre esto:

Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó, y tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirlos.
Mc 1,29-31

Según Marcos, esta es la primera mujer que aparece en la vida pública de Jesús. Si es la primera, su presencia ciertamente nos revela algo sobre los inicios de la actividad de Jesús. El comenzó convocando a los discípulos, pescadores, y sanando a una mujer que se hizo servidora de la comunidad. Digamos de paso que Jesús no está eligiendo lo más distinguido de la sociedad: unos pescadores malolientes y una vieja enferma, en vez de reunir en torno a El a algunos sabios teólogos  o prósperos empresarios.

La suegra de Simón está enferma y está en la casa. Jesús llega hasta ella y la toca, la toma de la mano. Este acercamiento de Jesús, que puede parecernos algo tan simple y natural, implica en realidad un “saltar barreras” muy atrevido. El ideal de la época era que las mujeres permanecieran recluidas dentro de la casa, ocupadas en las tareas hogareñas. Jesús no es un miembro de  esa familia, y sin embargo, se mete en la casa hasta la habitación de la enferma. Y además, la toca. Los varones evitaban el contacto físico con cualquier mujer que no fuera de su familia, ya que las mujeres eran consideradas impuras. Incluso estaba mal visto que un varón hablara con una mujer en la calle.

Para sanar, Jesús se acerca, establece contacto físico, la toma de la mano. Salta la barrera de la casa, de la enfermedad y del prejuicio social, para traerle a esta enferma salud y salvación. Jesús llega hasta esta mujer, que podemos suponer anciana, ya descartada del sistema productivo y reproductivo, relegada a la intimidad de la casa. Simón y Andrés confían en el poder de Jesús  y piden por ella. Y Jesús la saca de la enfermedad y la transforma en servidora. La enfermedad la tenía en la cama, Jesús la levanta, la pone de pie.

Con la presencia de Jesús y de los discípulos en la casa, se amplía el horizonte de acción de esta mujer. Ya no es sólo su familia la que recibe su servicio: es toda una comunidad. La presencia de Jesús significa para ella romper los límites de la casa y la familia y entrar en un círculo más amplio, donde pasará  a relacionarse con más personas: la comunidad cristiana.

La suegra de Simón aparece en el comienzo de la actividad de Jesús. Ella es la primera mujer que, respondiendo al paso de Jesús en su vida, se integra a la comunidad, de pie, como servidora. Su sanación tiene para ella el mismo efecto que en los pescadores tuvo el llamado de Jesús. Ellos respondieron siguiéndolo y haciéndose pescadores de hombres.  A la presencia sanadora y salvadora de Jesús, ella respondió, no con palabras, sino con su servicio.

Para Conversar en grupo
  • La suegra de Simón estaba aprisionada por la fiebre, tirada en la cama y metida en la casa. Hay mujeres que, si bien no tienen diagnosticada ninguna enfermedad, están en esa situación de opresión y encierro. ¿Conocemos mujeres en esta situación? ¿Qué las lleva a estar así?
  • Simón y Andrés pidieron por esta mujer. ¿Qué hace nuestra comunidad por estas mujeres? ¿Existe en la comunidad un espacio donde ellas puedan participar y vivir su relación con Jesús?
  • Podemos compartir nuestra propia experiencia acerca de cómo la pertenencia a la comunidad cristiana nos abrió los límites de la familia y nos relacionó con otros hermanos y hermanas.
  • ¿Qué buena noticia tiene este texto para varones y para mujeres?

Mirando el Templo

El Templo de Jerusalén era el lugar donde los israelitas acudían en peregrinación tres veces al año.

Los discípulos y discípulas de Jesús eran, en su gran mayoría, gente sencilla de la zona rural del país. Para ellos, había mucho para ver en cada viaje a la gran ciudad de Jerusalén y al Templo. Su mirada se alzaba para fijarse en la fastuosidad de las grandes construcciones:

Uno de sus discípulos le dijo:

– ¡Maestro, mira qué piedras y qué construcción!

Jesús le respondió:

– ¿Ves esa gran construcción? De todo esto no quedará piedra sobre piedra…

 (Mc 13,1-2)

Este discípulo estaba impresionado por la grandiosidad y el lujo del Templo: la piedra blanca de los muros, las placas de oro como adorno, los mosacios de colores, los utensilios de bronce y las columnas de mármol, hacían lucir al Templo en el centro de la ciudad.

Una sólida construcción. Pero, para Jesús, no tiene solidez. Un día se caerá.

Ver y ser visto

Para el pequeño grupo venido de las aldeas del interior del país, había mucho para ver en el Templo y la gran ciudad. No sólo los grandes edificios. También mucha gente, diversa, de todas las clases sociales, venidos de todos los rincones del país, y también los judíos devotos residentes en el extranjero que llegaban a Jerusalén para las fiestas.

En tiempos de Jesús, se calcula que la ciudad tenía una población estable de sesenta mil habitantes, que ascendía hasta doscientos mil con la llegada de los peregrinos en los días de fiesta. Eran días de bullicio y amontonamiento, días en los que andaba mucha gente.

El Templo en días de peregrinación era un buen lugar para ver y ser visto. ¿Cómo haría  alguien para destacarse en medio de la multitud? El exhibicionismo estaba a la orden del día. Allí se podía simular devoción rezando a la vista de todos, o hacer alarde de generosidad con las limosnas.

Cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres.

(Mt 6,2)

Jesús tiene una mirada diáfana que puede ver las cosas tal cual son. Y sabe dónde detenerse.

Mirando mujeres

Jesús se sentó frente al arca del tesoro del Templo y miraba cómo la gente echaba monedas en el tesoro. Muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo:

– En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del tesoro. Porque todos han echado de los que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

(Mc 12,41-44)

Parece que Jesús deliberadamente se sentó a observar lo que ocurría en el sitio donde se dejaban las limosnas. “Muchos ricos echaban mucho”. La escena sería repetida y habitual en los días de fiesta en el Templo. En medio de la aglomeración, del bullicio, de las piedras rutilantes de los muros y del sonido de las grandes monedas cayendo en el tesoro, Jesús mira a una mujer. Una viuda pobre en medio de la multitud, con dos moneditas. Dos moneditas que no deslumbran como las joyas del templo ni pesan fuerte como las monedas de los ricos. La mirada de Jesús, diáfana y serena en la contemplación de la gente, puede ver más allá, hasta captar lo que hay en el corazón. Y las palabras de Jesús no van a destacar ni el fulgor de las piedras ni los grandes números de la recaudación; van a hablar de la mujer que, en su estrechez y pobreza, todavía es capaz de dar.

Hay que tener una fe muy grande en la Providencia de Dios para animarse a dar de lo necesario. Hay que tener una compasión muy grande con la necesidad del prójimo para animarse a compartir los bienes indispensables para la vida.

Miradas distraídas

Jesús, sentado y mirando, es conmovido por la acción pequeña de esta mujer pobre. Que seguramente pasaría inadvertida, ella y su acción, en medio de tantas personas llamativas y deslumbrantes.

Los discípulos tenían la mirada puesta en otras cosas. Impresionados por las construcciones, aturdidos por la gente que iba y venía, inquietos por participar de los rituales, no podían ver, no podían detener la mirada en algo tan insignificante como una vieja pobre y silenciosa. Sus moneditas, de tan livianas, ni siquiera habrán sonado cuando cayeron en el tesoro…

Entonces, llamando a los discípulos, les dijo. Jesús tiene que hacer que los discípulos  vean esto. Tiene que convocarlos, expresamente, porque la mirada de ellos estaba perdida en otras cosas.

La gran lección sobre el compartir los bienes y la confianza en Dios providente la da Jesús contemplando a esta mujer.

María Gloria Ladislao

  • Para reflexionar juntos
  • ¿Cómo es nuestra mirada cuando concurrimos a misa o a reuniones en nuestros templos? ¿Cómo miramos a los demás? ¿Qué contemplamos?
  • Meditemos sobre la mirada de Jesús puesta sobre nuestras pequeñas acciones. ¿Qué ve Jesús allí?
  • ¿Qué buena noticia tiene esta escena de la vida de Jesús para nosotros y nosotras hoy?

Este artículo forma parte del libro “Jesús miraba mujeres” de Ed. Claretiana (2014)

Jesusmiraba

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7 comentarios sobre “Jesús miraba mujeres

  1. Como Jesús, se fija en las pequeñas cosas que hacemos a diario, recuerdo una frase de una canción, -si soy fiel en lo poco el me dará más…si soy fiel en lo poco mis pasos guiará…Creo que nuestra vida hasta en los pequeños detalles Dios está atento, nada pasa desapercibido para él, por eso hay que ser cuidadosos en como vivimos, porque el nos está observando a cada paso…

  2. Querida Gloria “Yo te conozco” como dice un supermercado, y al conocerte no puedo dejar de emitir mis elogios sinceros hacia quien nos ha guiado en el transcurso de todos los años cursados en tu espacio bíblico “Palabras con Miel”, con tanta profundidad y sabiduría. Y además con tu proverbial simpatía. Estas palabras de tu libro reflejan lo que encontraremos en él,. Lleguen mis felicitaciones que también serán acompañadas por las de Tito.
    Con todo mi aprecio Oscar

  3. jesus mirame siempre no dejes de mirarme con toda tu misericordia… pues asi yo no desviare mi mirada en lo sin sentido,,,,
    gracias maria gloria..
    por tan bello don que das sin mirar a quien….

  4. Recien me hago fans del blog. Me encanta lo que estoy leyendo. Me gustaron muchísimo las preguntas, ya que hoy para mi, es mi forma de reflexión. Muchas gracias, siento que le sirve a mi vida. Ma. Julia

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