Ojos

Destellos Cotidianos, lunes 15 de julio de 2013

 

LAS LAGRIMAS, expresión del corazón emocionado

 

Las lágrimas son el líquido que limpia y lubrica el ojo. Además de las lágrimas causadas por factores externos (basuritas, viento), están las lágrimas provocadas por motivos internos, por las emociones fuertes como dolor, luto, alegría o arrepentimiento. El llanto es la expresión física de un sentimiento, es un modo de comunicación no verbal.

Antiguamente (y aún hoy en algunos países) se contrataban lloronas o plañideras en los entierros de las personas ricas. Este ha sido un factor más que favoreció el estereotipo de “la mujer llorona”, y postuló que los varones debían ser “fuertes” e insensibles: los hombres no lloran.

Contra este estereotipo, Jesús proclama: ¡Felices los que lloran! (Lc 6, 20-21)

 

Las lágrimas de la mujer pecadora

 

36 Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. 37 Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. 38 Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

39 Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!». 40 Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él. 41 «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. 42 Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?». 43 Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien».

44 Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. 45 Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. 46 Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. 47 Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». 48 Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». 49 Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?». 50 Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». (Lc 7,36-50)

 

El sentido de las lágrimas en el Evangelio según San Lucas

 

Estas son las citas en que Lucas utiliza el verbo llorar (incluyendo las que son comunes a la tradición):

 

* Dos veces en el conjunto de las bienaventuranzas/lamentaciones (6,21.25).

* Una vez en la cita del juego de los niños con que Jesús reprocha la actitud de sus contemporá­neos (7,32).

* Tres veces en relación al pecado y al arrepentimiento o la falta de éste último: el llanto de la pecadora (7,38, reforzado en 7,44 por la mención de las lágrimas), el llanto de Jesús porque Jerusalén no ha reconocido el tiempo de la salvación (19,41) y el llanto de Pedro después de las negaciones (22,62).

* Cinco veces es mencionado el llanto producido por la muerte: llora la viuda de Naím (7,13), lloran los allegados a Jairo por la muerte de su hija (2 veces el verbo en 8,52), y lloran las mujeres que siguen a Jesús hasta el calvario (dos veces el verbo en 23,28).

 

Las escenas de la pecadora, la viuda de Naím, las mujeres camino al Calvario y el llanto de Jesús son propias de Lucas. También es propia de Lucas la lamentación por los que ahora ríen y que tendrán aflicción y llanto. La bienaventuranza se dirige a los que lloran, y no a los afligidos como en Mateo.

 

Así, vemos que los personajes que lloran en el evangelio de Lucas lo hacen por dos motivos: o en relación al pecado o en relación a la muerte. Y es notoria la presencia de mujeres que lloran. Fuera del llanto de Pedro -que no es propio de Lucas- y del llanto de Jesús, en todas las otras escenas lloran mujeres.

La clave para comprender el sentido teológico del llanto en estas escenas, está dado por la única cita donde no se narra que alguien llore, sino en la cual  el evangelista nos presenta a Jesús que se dirige a los que lloran: la bienaventuranza y su contrapar­tida, la lamentación: Lc 6,20-25

 

Felices los que lloráis ahora, porque reiréis.

¡Ay los que reís ahora, porque os entristeceréis y lloraréis!

 

Lucas menciona a los que lloran, Mateo en cambio, a los afligidos. Lucas no “espiritualiza” el concepto, sino que, como en el caso de los pobres y los hambrientos, se refiere a la realidad concreta del sufrimiento y la limi­tación humana.

 

“Jesús se vuelve al grupo de los agredidos y oprimidos para prometerles un cambio en su condición, una inversión de su situación actual, a saber en el futuro reino de Dios. Es un clamor de sal­vación para todos los que en este mundo gimen bajo la po­breza, el hambre, el sufri­miento y la persecución. Es la opción de Jesús por todos los hombres que padecen, son despreciados y proscriptos, a los que él quiere liberar y redi­mir.” (R. Schnakenburg, Todo es posible para el que cree, Ed. Paulinas, pág. 43.)

 

También se observa que la bienaventuranza en Lucas está dirigida en segunda persona, es una palabra dicha directamente a aquellos que están sufriendo. Este aspecto dialogal con­cuerda con la expresión de Jesús que se repite tres veces en las escenas donde los persona­jes lloran: “No llores/no lloréis”. Esta expresión es exclusiva de Lu­cas, y sólo puede rela­cionarse, en su aspecto dialogal, a la pregunta de los ángeles y de Jesús a María Magdalena en el evangelio de Juan: “¿Por qué lloras?” (Jn 20, 13.15).

 

Las palabras de Jesús “No llores/no lloréis”,  cobran un sentido desde la bien­venturanza que promete a los que lloran que ellos van a reír.

 

“San Lucas ha mostrado figuras que llo­ran por el pecado y por la muerte. En cada caso se ve que el llanto debe cesar: los peca­dores quedarán perdonados y la muerte será vencida. La tristeza y el llanto con que ésta se expresa son cosas transitorias, que pertenecen a la antigua situa­ción. Con la venida de Jesucristo comienza una nueva época, caracterizada por la ale­gría, así como el llanto seguirá siendo el compañero inseparable de los que se pierden para siempre (Lc 13,28).” (L. Rivas, Las bienaventuranzas, Ed. Lumen, Bs.As., 1991. Pág. 52.)

 

 

Por lo expuesto, en el llanto de esta mujer pecadora  podemos interpretar:

  • La actitud confiada de quien, sabiéndose indigno frente a Dios, espera solamente de él el perdón y el consuelo. El llanto de la mujer es comprendido por Jesús en toda su dimen­sión de arrepentimiento, gesto de piedad y reconocimiento hacia su persona. Reconoci­miento hacia Jesús de parte de la pecadora, cuya ausencia reclamará Jesús a Simón: ella me mojó con sus lágrimas, tú no me diste agua para los pies.

 

  • El anticipo del Reino prometido en la bienaventuranza. Ella llora ahora, mientras los demás no lloran y piensan mal de ella. Es una bienaventurada, reconfortada ahora por el perdón de Jesús, y que se reirá y alegrará el día del triunfo definitivo del Señor. Jesús le anticipa esta alegría es­catológica, concediéndole ya ahora el perdón y despidiéndola en paz.

 

 

Jesús, los profetas, y las lágrimas por el pecado del pueblo

 

17 Tú les dirás esta palabra:

Que mis ojos se deshagan en lágrimas,

día y noche, sin cesar,

porque la virgen hija de mi pueblo

ha sufrido un gran quebranto,

una llaga incurable.

18 Si salgo al campo abierto,

veo las víctimas de la espada;

si entro en la ciudad,

veo los sufrimientos del hambre.

Sí, hasta el profeta y el sacerdote

recorren el país y no logran comprender.

19 ¿Has rechazado del todo a Judá?

¿Estás disgustado con Sión?

¿Por qué nos has herido sin remedio?

Se esperaba la paz, ¡y no hay nada bueno…!

el tiempo de la curación, ¡y sobrevino el espanto!

20 Reconocemos, Señor, nuestra maldad,

la iniquidad de nuestros padres,

porque hemos pecado contra ti.

21 A causa de tu Nombre, no desprecies,

no envilezcas el trono de tu Gloria:

¡acuérdate, no rompas tu Alianza con nosotros!

22 Entre los ídolos de las naciones,

¿hay alguien que haga llover?

¿Es el cielo el que envía los chaparrones?

¿No eres tú, Señor, nuestro Dios?

Nosotros esperamos en ti,

porque eres tú el que has hecho todo esto. (Jeremías 14,17-22)

 

41 Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, 42 diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. 43 Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. 44 Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios». (Lc 19, 41-44)

 

Jesús continúa la línea de la predicación profética: al mismo tiempo que denuncia el pecado de la ciudad, se duele por ella. Es una denuncia que no se hace insensiblemente. El pecado, y las consecuencias de desgracia y de dolor que el pecado trae, son motivo de congoja para el profeta. Su misión es advertir a la ciudad y buscar su conversión. Así como en otras ocasiones los profetas denuncian con duras palabras, en este caso son sus lágrimas y su conmoción el modo de llamar la atención sobre la situación de alejamiento de Dios.

LOS OJOS   

 

Desde el punto de vista intelectual, el simbolismo de los ojos se relaciona con la luz, que es un símbolo positivo, y con el conocimiento.

Por otro lado, los ojos forman parte del lenguaje sin palabras del amor:

 

Me robaste el corazón, novia mía,
me robaste el corazón
con una mirada tuya,
con una vuelta de tus collares.

 

Retira de mis tus ojos,
que me subyugan.
(Cantar de los Cantares, 4,9 y 6,5)

 

En muchas religiones, los ojos de los dioses simbolizan su conocimiento y vigilancia. Uno de los casos más representativos es el ojo de Horus, el dios egipcio del firmamento, cuya imagen era usada como amuleto. Estos atributos de los ídolos son criticados por la sabiduría de Israel: Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombre, tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen (Sal 135,15-16).

 

Los creyentes expresan su deseo de ver a Dios. Así por ej. Moisés en el monte (Ex 33,18). Pero, al ser Dios un ser superior, pura luz, la creencia popular decía que era imposible ver a Dios y no morir:

19 Manóaj tomó el cabrito y la oblación, y los ofreció sobre la roca en holocausto al Señor, que es misterioso en sus acciones. Manóaj y su mujer estaban mirando. 20 Y cuando la llama subía del altar hacia el cielo, el Ángel del Señor subía en la llama del altar, a la vista de Manóaj y de su mujer, que cayeron con el rostro en tierra. 21 El Ángel del Señor ya no se volvió a aparecer a Manóaj ni a su mujer. Entonces Manóaj reconoció que aquel hombre era el Ángel del Señor, 22 y dijo a su mujer: “¡Vamos a morir, porque hemos visto a Dios!”. 23 Pero su mujer le respondió: “Si el Señor quisiera hacernos morir, no habría aceptado de nuestras manos el holocausto y la oblación; tampoco nos habría mostrado todo esto, ni nos habría comunicado una cosa así”. (Jueces 13, 19-23)

Jesús viene a colmar ese deseo humano de ver a Dios:

“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” (Jn 14,9)

Simbolismo de la curación del ciego de nacimiento (Evangelio según San Juan, Cap. 9).

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