Monedas

LAS MONEDAS

Las primeras monedas acuñadas con carácter oficial fueron hechas en Lidia, (hoy Turquía), un pueblo de Asia Menor, aproximadamente entre los años 680 y 560 a. C. Fue probablemente durante el reinado de Ardis de Lidia cuando los lidios empezaron a acuñar moneda, aunque algunos numismáticos han propuesto fechas anteriores o posteriores, como el reinado de Giges de Lidia o el de Creso “El Opulento”.
Estas acuñaciones llevan como símbolo heráldico un león representando a la Dinastía Mermnada a la cual pertenecían los reyes. La pieza fue acuñada en electrum (aleación natural de oro y plata) y con un peso de 4,75 gramos.

Después de la experiencia de Lidia comenzaron a acuñarse monedas por orden de Darío de Persia, luego de la conquista de Lidia, y posteriormente en Grecia.

En la Biblia son citadas por primera vez en Esd 8,27, es decir, en la época persa (aprox. 400 a.C.)
24 Después tomé aparte a doce de los jefes de los sacerdotes, y además a Serebías y a Jasabías, junto con diez de sus hermanos; 25 y pesé delante de ellos la plata, el oro y los utensilios, que el rey, sus consejeros y sus funcionarios y todos los israelitas residentes allí, habían ofrecido para la Casa de nuestro Dios. 26 Pesé y puse en sus manos seiscientos cincuenta talentos de plata, utensilios de plata por valor de cien talentos, cien talentos de oro, 27 veinte copas de oro de mil dáricos y dos vasos de bronce bruñido tan preciosos como el oro.

Valores de algunas monedas y pesos bíblicos antes de Cristo

Los lingotes o piezas de metal se usaban como medida de peso. Algunas de esas medidas luego fueron convertidas en monedas:

equivalencia
talento   34 kg.           3000
mina     570 gr.              50
siclo        11 gr.               1
óbolo        0,6 gr.             1/20

Al mirar esta equivalencia, bien vale tener en cuenta el óbolo de la viuda, y todo el valor que Jesús le asigna:
Jesús se sentó frente al arca del tesoro del Templo y miraba cómo la gente echaba monedas en el tesoro. Muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo:
– En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del tesoro. Porque todos han echado de los que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.
(Mc 12,41-44)

Parece que Jesús deliberadamente se sentó a observar lo que ocurría en el sitio donde se dejaban las limosnas. “Muchos ricos echaban mucho”. La escena sería repetida y habitual en los días de fiesta en el Templo. En medio de la aglomeración, del bullicio, de las piedras rutilantes de los muros y del sonido de las grandes monedas cayendo en el tesoro, Jesús mira a una mujer. Una viuda pobre en medio de la multitud, con dos moneditas. Dos moneditas que no deslumbran como las joyas del templo ni pesan fuerte como las monedas de los ricos. La mirada de Jesús, diáfana y serena en la contemplación de la gente, puede ver más allá, hasta captar lo que hay en el corazón. Y las palabras de Jesús no van a destacar ni el fulgor de las piedras ni los grandes números de la recaudación; van a hablar de la mujer que, en su estrechez y pobreza, todavía es capaz de dar.
Hay que tener una fe muy grande en la Providencia de Dios para animarse a dar de lo necesario. Hay que tener una compasión muy grande con la necesidad del prójimo para animarse a compartir los bienes indispensables para la vida. (Gloria Ladislao, Jesús miraba mujeres, Ed. Claretiana)

Valores en tiempos de Jesús
La relación oro/plata era de 10 a 1, y la de plata/cobre 50 a 1.
El talento romano (de oro o de plata) equivalía a 26 kg y seis mil dracmas.
Mina ática (436 gr.) equivalía a cien dracmas.

La dracma ática (griega) equivalía a 4,36 gr. de metal. Representaba el salario de un jornalero. Equivalía al denario romano.

Buscando la moneda

¿Qué mujer que tiene diez monedas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? (Lc 15,8)

Tareas que las mujeres hacían todos los días: encender las lámparas de la casa, barrer, correr muebles de lugar, sacar el polvo… Acciones que no suelen recibir ninguna mirada especial. Acciones tan prosaicas que difícilmente alguno pensaría que allí está el Reino de Dios.
Jesús, mirando mujeres, ha visto algo. Si se pierde una moneda, aunque sea pequeña, el afán del ama de casa no para hasta encontrarla. Como si el mundo quedara detenido para esta mujer, que hará todo lo que está a su alcance, todo lo que sabe hacer, para encontrar la moneda.

Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas y dice:
– ¡Alégrense conmigo, porque he hallado la moneda que había perdido!
Del mismo modo, les digo se produce alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. (Lc 15,9-10)

Pequeñas alegrías que no salen en los diarios. Buenas noticias, evangelios cotidianos, mínimos y vecinales, que se comparten con los cercanos. Más de uno podrá mofarse de tanta sencillez e ingenuidad: hacer tanta alharaca por una monedita.

En esta alegría entusiasta y contagiosa de la mujeres cuando su trabajo ha dado fruto, ve Jesús los signos del Reino de Dios. Cuando un pecador se convierte no vienen a hacerle reportajes de todos los medios. Y sin embargo, ese día hay fiesta en el cielo.

Monedas adeudadas

En el episodio en que una mujer pecadora besa los pies de Jesús en casa de un fariseo, Jesús cuenta una parábola que presenta a dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta.

39 Habiendo visto el fariseo, el que lo invitó, habló interiormente diciendo: “Si éste fuera profeta, conocería quién y de qué clase es la mujer que lo toca, porque es una pecadora”.
40 Y respondiendo Jesús dijo hacia él: “Simón, tengo algo para decirte”. El dice: “Maestro, habla”. 41 “Dos deudores tenía un acreedor. El uno debía quinientos denarios, el otro cincuenta. 42 Aunque ellos no tenían para pagar, hizo gracia de la deuda a ambos. Así que ¿quién de ellos lo amará más? 43 Respondiendo Simón dijo: “Supongo que aquel a quien más agració”. El le dijo: “Correctamente juzgaste”. (Lc 7)

El lenguaje arameo tiene la peculiaridad de usar el vocablo hôbâ, que significa deuda de dinero, para referirse al pecado. Es muy común el uso del vocablo “deuda” con sentido teológico. En este caso, la suplanta­ción de pecado por deuda no se trata de una simple metáfora sino de una afirmación: el pecado es una deuda con Dios.
El uso de este grupo de palabras – adeudar – deuda – deudores  – en el Nuevo Testamento recoge tanto el sentido literal griego de “deuda de dinero” como  también el sentido más amplio de “obligación” y el aspecto teológico judío que equipara deuda y pecado.
En la mayoría de los casos en que estas palabras aparecen en las cartas apostólicas se refieren a las obligaciones que los cristianos tienen entre sí: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rom 13,8).
En los evangelios, estos vocablos aparecen siempre en boca de Jesús, con los tres sentidos apuntados más arriba:
* En el sentido general de “obligación” en Mt 23,16.18; Lc 17,10 y Jn 13,14; 19,7.
* En el sentido literal de adeduar dinero: este uso se da sólo en  las parábolas. Encontramos la del administrador infiel (Lc 16, 1-8), la del siervo sin entrañas (Mt 18, 23-35), y la de los dos deudores de esta perícopa (Lc 7, 40-42). Dejando de lado la del administrador infiel, en los otros dos casos, las parábolas hablan de deudores a los cuales se les perdona la deuda, para aplicar luego ese argumento a la respuesta dada por los pecadores ante el perdón ofrecido por Dios.
* En el sentido dado por el judaísmo,  para señalar el pecado como deuda frente a Dios. Este uso se encuentra en  el Padre Nuestro.  “Perdónanos nuestras deudas” (Mt 6,12). Lucas lo sus­tituyó por “pecados” (Lc 11).

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