Número cuarenta – Número cien

Destellos Cotidianos  Lunes 1 de julio de 2013

EL NÚMERO CIEN,

la plenitud del rendimiento

El sistema decimal es un sistema de numeración en el que las  cantidades se representan utilizando como base aritmética las potencias del número diez. La practicidad del número diez se basa, claramente, en que es el número que se puede contar con los dedos de la mano.

El número cien, diez veces diez, puede tener el sentido de multiplicación, plenitud, abundancia. Se lo usa como base para los porcentajes; así, decir que algo rinde al ciento por ciento, 100%, es indicar un rendimiento pleno, total.

En el Imperio Romano, la centuria era la unidad con la cual se contaba una cantidad de varones, jefes de familia, o de soldados. Sin embargo, en la Legión Romana, la centuria no estaba formada por cien hombres sino por ochenta. Su jefe era un centurión.

Gente en grupos de a cien

En la Biblia, en numerosas ocasiones se menciona la agrupación en número de 100 personas, particularmente en el ámbito militar.

Exodo 18: Jetró aconseja a Moisés que ponga jueces como jefes de grupos de mil, de cien, de cincuenta y de diez.

24Moisés le hizo caso a su suegro y puso en práctica todo lo que le había dicho: 25escogió a los hombres más capaces de Israel, y les dio autoridad sobre grupos de mil personas, de cien, de cincuenta y de diez. 26Ellos dictaban sentencia entre el pueblo en todo momento; los problemas difíciles se los llevaban a Moisés, pero todos los problemas de menor importancia los resolvían ellos mismos.

 

Jueces 7: 19Así pues, Gedeón y sus cien hombres llegaron al otro lado del campamento cuando estaba por comenzar el turno de guardia de medianoche. Entonces tocaron los cuernos de carnero y rompieron los cántaros que llevaban en las manos, 20y los tres grupos tocaron al mismo tiempo los cuernos de carnero y rompieron los cántaros. En la mano izquierda llevaban las antorchas encendidas, y los cuernos de carnero en la derecha, y gritaban: “¡Guerra! ¡Por el Señor y por Gedeón!”

 

2 Sam 18,1: David pasó revista a su ejército, y puso jefes al frente de grupos de mil y de cien soldados.

 

Judith 10,17: Entonces escogieron a cien hombres para que acompañaran a Judit y a su criada y las llevaran hasta la tienda de Holofernes.

 

2 Macabeos 3,55: Después Judas Macabeo nombró de entre el pueblo jefes de grupos de mil, de cien, de cincuenta y de diez.

 

De la muchedumbre anónima a los grupos de encuentro

En el relato de la partición de los panes en  Mc 6,30-44, en primer lugar se presenta a la muchedumbre como una masa de gente que van de un lado a otro y que están como ovejas sin pastor. Para poder alimentar a esa multitud, Jesús ordena a sus discípulos que hagan acomodar a la gente:

39Entonces les mandó que hicieran sentar a la gente en grupos sobre la hierba verde; 40y se sentaron en grupos de cien y de cincuenta.

Este procedimiento nos indica un modo de solución para un gran problema: organizar grupos más pequeños. Podemos ver una reminiscencia de la institución de los jueces hecha por Moisés: agrupar en pequeñas comunidades para resolver los problemas.

Lo que rinde el ciento por uno

En la parábola del sembrador, Jesús habla de semillas que, por distintos motivos, no rinden. Mc 4,1ss y Mt 13,1ss dicen que la semilla que cayó en buena tierra rinde al treinta, al sesenta o al cien por ciento. En cambio, el relato en Lucas es más optimista, ya que dice que las semillas caídas en buena tierra rindieron todas al ciento por ciento: Lc 8,4ss.

8Pero otra parte cayó en buena tierra; y creció, y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla.”

Cuando Jesús aplica la parábola a los efectos de la recepción de la Palabra de Dios, comenta:

15La semilla que cayó en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.

Jesús promete el ciento por uno de rendimiento a quienes renuncian a otras riquezas por el Reino de Dios:

28 Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». 29 Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, 30 desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna. 31 Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros».

(Mc 10, 28-31)

El número cuarenta y su simbolismo

Destel1003-40Como todos los números y los elementos de la naturaleza que tienen sentido simbólico, este simbolismo no nació porque sí. En su origen encontramos alguna experiencia humana que carga de sentido a este número. Entre las experiencias que tienen que ver con el cuarenta como medida de tiempo, tenemos los cuarenta días posteriores al parto – el puerperio- y la evolución  de ciertas enfermedades – la cuarentena -. Convencionalmente se fijan  estos procesos en cuarenta días, pero no se trata de una convención arbitraria: la experiencia es que, en estos casos, el tiempo para que el cuerpo se restablezca es de alrededor de cuarenta días. Y aquí empieza a perfilarse el simbolismo del cuarenta: una medida de tiempo que nos habla de un proceso de transformación que hay que pasar, que no se puede “acelerar” ni manejar según el propio antojo, que marca una evolución de la cual la persona saldrá sana, fortalecida y renovada.

En el Antiguo Testamento

 

La primera vez que encontramos un lapso de tiempo medido por el número cuarenta, son los cuarenta días y cuarenta noches que duró el diluvio (Gén 7,4-17).

En la historia del pueblo de Israel, el primer suceso marcado por el número cuarenta son los cuarenta años del pueblo en el desierto (Nm 14,34; Dt 1,3). Esa caminata va unida a un verdadero nacimiento. Los grupos israelitas que sufrieron la opresión del Faraón cruzaron las aguas del mar y, en el desierto, con los mandamientos, se constituyeron como pueblo de Dios, con sus propias leyes y su propio estilo de vida. Fueron necesarios cuarenta años para que este nuevo pueblo, al llegar a su tierra, pudiera alcanzar su autonomía. Mientras tanto, en el desierto, hubo tentaciones de abandonar el camino, de volver atrás y de querer servir a otros dioses (Ex 16,1-3; Ex 32,1). En definitiva, esos cuarenta años implicaban, a cada paso, la decisión de querer o no ser pueblo de Dios. A partir de esta experiencia fundante, el número cuarenta se enriquece en su sentido: cuarenta es caminar, hacer opciones, es elegir la tierra prometida que está delante, no la esclavitud que está detrás; es fortalecerse como pueblo de Dios confiando en su promesa.

Otros textos del Antiguo Testamento que hablan de cuarenta días son: la permanencia de Moisés en el Sinaí (Ex 24,18) y el viaje del profeta Elías hasta el monte Horeb (1 Re 19,8).

Cuarenta años es una cifra que puede designar convencionalmente los años de una generación: cuarenta años de tranquilidad alcanzados por los jueces (Jue 3,11.30; 5,31) y cuarenta años de reinado de David (2 Sam 5,4).

Los profetas y los cuarenta días de conversión

 

El profeta Ezequiel predicó en el contexto del exilio en Babilonia. El se encontraba entre los primeros deportados, los que fueron llevados antes de la caída de Jerusalén. Algunos falsos profetas auguraban que el exilio sería breve. A Ezequiel en Babilonia (igual que a Jeremías en Jerusalén), le toca anunciar que el exilio será largo, y que en ese tiempo el pueblo deberá convertirse de su conducta y volver a Dios. La experiencia dolorosa del asedio y la destrucción de Jerusalén (año 587 a.C.), así como el tiempo del destierro, deben llevar al pueblo, en su pobreza y austeridad, a reconocer su pecado y reafirmar su fe en Dios entre las naciones paganas. Así, el exilio resultará en buenos frutos para la vida del pueblo.

Para desalentar las falsas esperanzas con respecto a un pronto triunfo, el profeta debe realizar una acción simbólica. Con este gesto extravagante llamará la atención de sus contemporáneos. Vienen tiempos difíciles. En vez de dispersión se pide recogimiento, en vez de despilfarro, austeridad. Todo esto simboliza el profeta, “inmóvil” durante cuarenta días, aceptando la Palabra de Dios sobre su vida.

Ezequiel, el profeta que había saboreado la palabra “dulce como la miel” conoce ahora el tiempo de la amargura y la tristeza. Estos “cuarenta días” del pan de la pobreza son el paso de la rebeldía y el pecado hacia el encuentro con Dios.

1 Hijo de hombre, toma un ladrillo, colócalo delante de ti y graba sobre él la ciudad de Jerusalén. 2 Luego la sitiarás: levantarás contra ella torres de asedio, harás terraplenes, instalarás campamentos y emplazarás a su alrededor máquinas de guerra. 3 Toma en seguida una sartén de hierro y colócala como muro de hierro entre ti y la ciudad. Mírala fijamente: ella quedará sitiada y tú serás el que la asedia. Esto es una señal para los israelitas.
4 Acuéstate sobre el lado izquierdo, y yo pondré sobre ti las culpas de los israelitas: tú cargarás con sus culpas durante todo el tiempo que estés acostado sobre ese lado. 5 Yo te he fijado un número de días equivalente a los años de su iniquidad: por eso, durante trescientos noventa días cargarás con las culpas del pueblo de Israel. 6 Al cabo de estos días, te acostarás por segunda vez, sobre el lado derecho, y cargarás con las culpas del pueblo de Judá durante cuarenta días: yo te he fijado un día por cada año. 7 Después dirigirás tu rostro y tu brazo desnudo hacia el asedio de Jerusalén y profetizarás contra ella. 8 Yo te ato con sogas, para que no puedas darte vuelta de un lado a otro, hasta que hayas cumplido los días de tu asedio.
9 Toma también trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y espelta: échalos en un recipiente y prepárate con eso la comida. Tú comerás de ese pan durante todo el tiempo que estés acostado de un lado, o sea, durante ciento noventa días. 10 Cada día pesarás una ración de veinte siclos, y la comerás a una hora determinada. 11 También beberás el agua medida –la sexta parte de un hin– y la beberás a una hora determinada. 12 Prepararás este alimento en forma de galleta de cebada y lo cocerás sobre excrementos humanos, a la vista del pueblo. 13 Y tú dirás: “Así habla el Señor, el Dios de Israel: Así de impuro será el pan que comerán los israelitas, entre las naciones adonde yo los arrojaré”. 14 Entonces exclamé: ¡Señor, yo nunca he incurrido en impureza! Desde mi infancia hasta el presente, jamás he comido un animal encontrado muerto o despedazado, ni ha entrado carne impura en mi boca. 15 Él me respondió: “Está bien, te permito que en lugar de excrementos humanos uses bosta de vaca para hacer tu pan”. 16 Luego añadió: “Hijo de hombre, yo acabaré con las reservas de pan que hay en Jerusalén: comerán angustiosamente el pan racionado y beberán ansiosamente el agua medida. 17 De esta manera, al faltar el pan y el agua, todos desfallecerán y se pudrirán a causa de sus culpas”.(Ezequiel cap. 4)

 

Jonás y la conversión de Nínive

“Jonás comenzó a internarse en Nínive y caminó durante todo un día proclamando: “Dentro de cuarenta días, la ciudad será destruida”. Los ninivitas creyeron en Dios, decretaron un ayuno y se vistieron ropa de penitencia…” (Jonás cap. 3)

En este caso, es curioso encontrar que se decreta un ayuno de cuarenta días, ¡que abarca también a los animales! El libro de Jonás habla de la conversión de los extranjeros, una conversión tan profunda y extendida, que hasta los animales debieron ayunar. Con este detalle tan extraño, se quiere interpelar a Israel, para que escuche la palabra de los profetas.

 

Jesús, cuarenta días en el desierto

 

Después de ser bautizado por Juan, Jesús pasa cuarenta días en el desierto. También para Jesús, esos cuarenta días son el tiempo de hacer opciones. El diablo tiene otra propuesta, distinta a la del Reino de Dios (Lc 4,1-13). Para el pueblo de Israel, los cuarenta años del desierto significaron vivir, anticipadamente, lo que implica optar por Dios, decidir entre El y el becerro de oro, decidir entre la libertad o volver atrás. Así también para Jesús. El había hecho una opción, aceptando el bautismo de Juan. Después del bautismo empezaría su nueva vida, la etapa de su ministerio. Y durante cuarenta días conoció, por las tentaciones de Satanás, las propuestas que no son del Reino y que volverían a aparecer durante su ministerio: la tentación del milagro fácil, de desafiar a Dios, de tener el poder de este mundo, en definitiva, de abandonar la misión para la que fue enviado y volverse atrás.

También para Jesús los cuarenta días del desierto fueron un tiempo de evolución hacia un estado nuevo. Jesús surgió del desierto sano, renovado, y fortalecido.

Nuestro desierto

La Iglesia nos presenta, en este tiempo santo de la cuaresma, cuarenta días dedicados especialmente al ayuno, la oración y la limosna. Son cuarenta días para experimentar nuestro propio desierto. Para volver a optar, si preferimos la esclavitud del pecado o la libertad de vivir como pueblo de Dios. Si nos dejaremos convencer por las propuestas que no son del Reino de Dios o si, con la oración y la meditación de la palabra, reafirmaremos, como Jesús, que sólo a Dios queremos adorar.

Como la cuarentena de una enfermedad, estos tiempos no se pueden acortar, no se pueden saltear, no se pueden ignorar. Se imponen en el día a día, y es transitándolos con todos sus avatares como estos “cuarenta días” producen su efecto. Nos espera la Pascua, el gran nacimiento, el día de la salud y la salvación.

María Gloria Ladislao

(publicado originalmente en www.san-pablo.com.ar/lit, marzo de 2007)

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4 comentarios sobre “Número cuarenta – Número cien

  1. M Gloria, Muchas gracias por tu catequesis, siempre la escucho por radio maria, pero ahora ingrese a la pagina, y queria felicitarla, y Xto. la siga bendiciendo en esta actividad de trasmitir temas tan lindos. Ruben de Cordoba.

    1. Rubén, muchísimas gracias por expresar tus sentimientos con tanto cariño. Que el Espíritu Santo siga conduciendo nuestras vidas.
      Un abrazo!
      Gloria

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