Cabello

EL CABELLO

En varias civilizaciones, el modo de llevar el cabello, tanto varones como mujeres, ha sido signo del estado de vida, clase social y función religiosa. Los tocados, arreglos, trenzas y peinados han sido el modo de distinguir a los nobles de los plebeyos, a las mujeres casadas de las solteras, y a las señoras de sus sirvientas.

 

 

Sansón y los votos de los nazireos

Según Números cap. 6, los nazireos eran varones que se consagraban a Dios y uno de los signos de esta consagración era no cortarse el cabello (cf. 1 Sam 1,11; Hech 18,18; 21,23-26; Lc 1,14).

Un ángel anunció el nacimiento de Sansón, caracterizándolo como “nazir” o “nazireo”:

1 Los israelitas volvieron a hacer lo que es malo a los ojos del Señor, y el Señor los entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años.

2 Había un hombre de Sorá, del clan de los danitas, que se llamaba Manóaj. Su mujer era estéril y no tenía hijos. 3 El Ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo: “Tú eres estéril y no has tenido hijos, pero vas a concebir y a dar a luz un hijo. 4 Ahora, deja de beber vino o cualquier bebida fermentada, y no comas nada impuro. 5 Porque concebirás y darás a luz un hijo. La navaja nunca pasará por su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde el seno materno. Él comenzará a salvar a Israel del poder de los filisteos”.

6 La mujer fue a decir a su marido: “Un hombre de Dios ha venido a verme. Su aspecto era tan imponente, que parecía un ángel de Dios. Yo no le pregunté de dónde era, ni él me dio a conocer su nombre. 7 Pero me dijo: ‘Concebirás y darás a luz un hijo. En adelante, no bebas vino, ni bebida fermentada, ni comas nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde el seno de su madre hasta el día de su muerte’”.

(Jueces 13,1-7)

Sansón fue juez en la tribu de Dan. Con astucia y valentía, defendió a su pueblo de los ataques de los filisteos. Estos, queriendo saber cuál era el origen de la fuerza de Sansón, llegaron a un acuerdo con Dalila para que lo averiguara.

16 Y como todos los días lo acosaba con sus palabras y no dejaba de importunarlo, fastidiado ya hasta de la vida, 17 él le abrió todo su corazón y le dijo: “La navaja no ha pasado nunca por mi cabeza, porque estoy consagrado a Dios desde el seno de mi madre. Si me cortaran el cabello, mi fuerza se apartaría de mí, me debilitaría y sería como los demás hombres.”

18 Dalila comprendió que él le había abierto todo su corazón, y mandó llamar a los príncipes de los filisteos, diciendo: “Suban esta vez, porque me ha revelado todo su secreto”. Los príncipes de los filisteos fueron a verla, llevando el dinero convenido. 19 Luego ella durmió a Sansón sobre sus rodillas, y llamó a un hombre, que le cortó las siete trenzas de su cabellera. Así él comenzó a debilitarse y su fuerza se apartó de él.

(Jueces 16,16-19)

El cabello de las mujeres

En los tiempos bíblicos, era práctica difundida que la mujer casada sólo saliera de su casa llevando el velo que le cubría la cabellera (cf. Dn 13,32, Ant. III, 11,6). No atenerse a esta práctica se consideraba una ofensa tal a las buenas costumbres que su marido podía repudiarla por esto sin obligación de pagarle la suma estipulada en el contrato matrimonial (Mishná, Ketubot 7,6). “Había incluso mujeres tan estrictas que tampoco se descubrían en casa, como aquella Qimjit que, según se dice, vio a siete hijos llegar a sumos sacerdotes, lo que consideró como una recompensa divina por su austeridad: ´´Que venga sobre mí (esto y aquello) si las vigas de mi casa han visto jamás mi cabellera´´. “(Citado por J.Jeremías, Jerusalén en tiempos de Jesús, pág. 371). También en el ámbito grecorromano era ésta la norma de la mujer casada.

Esta práctica se debe, entre otros motivos, a que la cabellera de la mujer era considerada como uno de los atributos de la sensualidad femenina y arma de seducción. Así Judith, para conquistar a Holofernes, entre otras cosas “se compuso la cabellera poniéndose una cinta” (Jdt 10,3); “prendió con una cinta sus cabellos, ropa de lino vistió  para seducirlo” (Jdt 16,8).

La cabellera es uno de los motivos por los que el novio elogia la belleza de su amada en el Cantar: “…tu melena cual rebaño de cabras” (Ct 4,1). Son cabellos que no se quedan quietos y “ondulan por el monte Galaad”.  Y que tienen tal poder atracción que hacen exclamar: ” Tu cabeza, sobre ti, como el Carmelo / y tu melena, como la púrpura / ¡un rey en esas trenzas está preso!” (Ct 7,6). Imposible librarse de las redes que teje una cabellera seductora.

Probablemente este recaudo por la poderosa seducción que ejerce la cabellera femenina se encuentre también en el trasfondo de la amonestación de Pablo. “He aquí por qué debe llevar la mujer sobre la cabeza una señal de sujeción por razón de los ángeles” (1 Cor 11,10).

La que no paraba de besar

 

 Uno de los fariseos le rogó que comiera con él. Y después de entrar en la casa del fariseo se reclinó a la mesa.

 Y he aquí una mujer, la cual era, en la ciudad,  pecadora; y habiendo sabido que está sentado a la mesa en la casa del fariseo, habiendo traído un frasco de alabastro de perfume,  y habiéndose puesto detrás a los pies de él, llorando, con sus lágrimas comenzó a mojar los pies de él y  a secar con los cabellos de la cabeza de ella, y  a besar los pies de él y a ungir con el perfume.

Habiendo visto el fariseo, el que lo invitó, pensó en su interior: “Si éste fuera profeta, conocería quién y de qué clase es la mujer que lo toca, porque es una pecadora”. (Lc 7,36-39)

Esta mujer pecadora, de la cual no sabemos el nombre, entra a la casa donde Jesús se encuentra y comienza a hacer una serie de gestos altamente significativos.

Trae perfume, un artículo cosmético, usado para embellecer, para dar placer y para seducir. Tengamos en cuenta que la palabra griega usada aquí – myron – designa a los perfumes oleosos, es decir, los perfumes disueltos en aceite. Por lo tanto, su efecto no es sólo perfumar, sino también penetrar la piel, humectar, dar suavidad. Con este myron ella toca y unge los pies de Jesús. ¡Qué efecto tan suavizante y placentero habrán tenido estas caricias! Los pies de Jesús, que recorrían los caminos y los pueblos anunciando y sanando, ahora reciben un descanso reparador.

Ella se pone a los pies, porque esto no sólo es un acto de cuidado corporal, sino porque también, estar a los pies implica reconocer el honor y la autoridad. Lavar los pies era siempre un acto hecho por un inferior hacia un superior: el esclavo a su señor, los hijos a los padres, la esposa al esposo. Por algo Jesús en la última cena tomó el gesto de lavar los pies como el distintivo del amor: una acción por la que cual el inferior no esperaba recompensa, una acción que no tenía nunca retribución.

La mujer viene con los cabellos sueltos, y  así seca los pies de Jesús. El cabello era considerado uno de los elementos más sensuales de la mujer, por eso estaba reservado solamente al marido. Las mujeres casadas salían a la calle con el cabello bien cubierto por el velo. Sobre la sensualidad del cabello femenino da cuenta el Cantar de los Cantares. La cabellera es uno de los motivos por los que el novio elogia la belleza de su amada: “…tu melena cual rebaño de cabras” (Ct 4,1). Son cabellos que no se quedan quietos y “ondulan por el monte Galaad”.  Y que tienen tal poder de atracción que hacen exclamar: ” Tu cabeza, sobre ti, como el Carmelo / y tu melena, como la púrpura / ¡un rey en esas trenzas está preso!” (Ct 7,6). Imposible librarse de las redes que teje una cabellera seductora.

Ella besa. Jesús dirá más adelante: desde que entré, no cesó de besar mis pies.  El solo hecho de besar implica un nivel de intimidad y contacto que resulta llamativo. En muchas culturas, aún hoy, las personas sólo se besan si son de la misma familia. Y aún más, esta mujer besa los pies, y los besa muchas veces; no para de besar.

 El lenguaje del mucho amor

No existe una sola de las acciones de la mujer que no corresponda al lenguaje amoroso y erótico. Ir con el cabello suelto, llorar, mojar, secar, ungir con bálsamo y besar los pies, son prácticas que no se ajustan a las costumbres de la presentación de las mujeres en público y al recato que esas ocasiones exigen. Son todas acciones que sólo se hacen entre personas cercanas; algunas de ellas, como el estar a los pies, son el reconocimiento del inferior frente al superior, del esclavo hacia su amo. Otras, como llevar el cabello suelto y llenar de besos, pertenecen claramente a otro ámbito de las relaciones humanas, son armas de seducción y de atracción, son expresión de amor entre un varón y una mujer que sólo se hacen en la intimidad. La mujer las está haciendo públicamente. Jesús no es su marido, ni su hermano, ni su amo, y sin embargo se convierte en receptor de estos gestos amorosos reservados  a personas que comparten un círculo íntimo.

Y mientras ella hace todo esto, Jesús la deja hacer y se deja mojar, se deja secar, se deja ungir, se deja besar. No es extraño, entonces, que la pregunta del anfitrión sea justamente por qué este maestro se deja tocar. El texto describe un nivel de contacto físico entre la mujer y Jesús que, no sólo para aquella sociedad, sino incluso hoy en día resulta sorprendente, llamativo o capaz de despertar suspicacias. Más aún si tenemos en cuenta que Jesús era tenido por un maestro. De hecho, son las acciones de la mujer las que desencadenan toda la escena, al suscitar en primer lugar la pregunta del fariseo y de allí en más las palabras de Jesús.

La interpretación de Jesús

 

Y habiéndose vuelto hacia la mujer dijo a Simón:

– “¿Ves a esta mujer? Entré a  tu casa y agua sobre  pies no me diste; ésta, en cambio, con las lágrimas mojó mis pies y con los cabellos de ella los secó.Un beso no me diste; en cambio ésta, desde que entró, no cesó de besar mis pies.  Con aceite mi cabeza no ungiste; ésta en cambio con perfume ungió mis pies.  Por eso te digo: los pecados de ella, los muchos pecados, están perdonados, porque amó mucho. En cambio, aquel a quien poco es perdonado, poco ama”.

Y en cambio dijo a ella:

– “Están perdonados de ti los  pecados”.

 Y los comensales comenzaron a decir en su interior:

–  “¿Quién es éste, que también hasta perdona los pecados?”.   

Pero Él dijo a la mujer:

– “Tu  fe te ha salvado, ve en paz”. (Lc 7,44-50)

Jesús, que ha permanecido pasivo, recibiendo y disfrutando cada uno de los gestos de la mujer, no se dirige a ella en primer lugar sino a su anfitrión. Y lo hace para presentarle una interpretación de las acciones de la mujer que no es la que el fariseo Simón hacía. En labios de Jesús encontramos que la acciones de esta mujer no son impudicia, ni indecencia, ni pecado: son mucho amor.

Contrapuesta a la frialdad y austeridad del fariseo, que no besa, no perfuma y no da agua, Jesús mira con buenos ojos la efusión sensitiva y sensible de esta mujer.

El lenguaje amoroso, el lenguaje erótico de varón y mujer en la intimidad, donde los cuerpos se tocan y los bálsamos se derraman, es recibido con gusto por Jesús: ese es el lenguaje del mucho amor.

 

Lic. María Gloria Ladislao

 

Para charlar en grupo

En la rica tradición litúrgica de la Iglesia se han incorporado a lo largo de los siglos varios gestos hechos con el cuerpo – ponerse de rodillas, la señal de la cruz, etc. – presentes en la liturgia hasta el día de hoy. En este sentido, podemos decir que el lenguaje corporal está presente en la celebración litúrgica católica. Sin embargo, muchos creyentes manifiestan que “no entienden” lo que se hace en la liturgia, sea en la misa o en la celebración de los sacramentos. Por otro lado, la religiosidad popular conoce gestos y rituales, tanto espontáneos como tradicionales, ya sea caminar, besar las imágenes o encender velas, en los que el pueblo creyente expresa su fe y su amor a Dios, a la Virgen, y a los santos.

  • ¿Qué gestos corporales existen en la religiosidad de la gente en su medio ambiente y en su cultura? ¿Qué expresan esos gestos corporales?
  • ¿De qué forma concreta se viven los gestos corporales de la misa? ¿Se comprenden o se hacen como algo mecánico?
  • ¿Cómo podemos enriquecer nuestras celebraciones con otros gestos y expresiones corporales?

Un comentario sobre “Cabello

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