Por tu segunda venida

 

 

 

¿Qué esperamos en Adviento? Seguramente cualquier cristiano puede responder esta pregunta. El Adviento es el tiempo de espera para la Navidad. En ese sentido, lo más correcto no será preguntarnos qué esperamos sino a quién esperamos. Y creo que conviene detenernos a meditar sobre esta espera. Si atendemos a lo que rezamos en Misa durante el Adviento, no es propiamente “la fiesta de Navidad” lo que estamos esperando, sino un acontecimiento mucho más grande:

Por tu primera venida, en la que creemos,
y por la segunda, que esperamos.

La primera venida de Jesús, su encarnación, lo que festejamos en Navidad, ya no lo estamos esperando. Lo creemos. Lo que estamos esperando es su segunda venida, lo que se llama la parusía. Este es el sentido escatológico (con vistas al fin) que tiene el Adviento.

Los dos aspectos del Adviento

“En el tiempo de Adviento, con el que se inicia el ciclo litúrgico de Navidad y con el cual comienza un nuevo año litúrgico, el pueblo de Dios que peregrina en el tiempo redescubre la tensión entre la primera venida histórica de Jesucristo y la segunda que acontecerá, de modo glorioso, al fin de los tiempos.

La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en cada Navidad” (Calendario Litúrgico, Conferencia Episcopal Argentina).

Las primeras tres semanas del Adviento, hasta el 16 de diciembre inclusive, ponen el acento en la segunda venida del Señor. A partir del 17 de diciembre comienza la preparación inmediata para la Navidad.

El Adviento como tiempo para mirar “hacia delante” y no “hacia atrás” no es el que prevalece en nuestra práctica. Los símbolos que usamos durante el Adviento se orientan a hacer memoria del nacimiento de Jesús en Belén: la corona con cuatro velas, el pesebre, etc. No tenemos una preparación equivalente para meditar que Cristo puede volver hoy mismo.

El anuncio del regreso de Jesucristo – la parusía – muchas veces se hizo en tono amenazante, infundiendo terror por las catástrofes que sucederían antes del fin del mundo, y la presentación de Jesucristo solamente como un juez inflexible que castigará a los malos y premiará a los buenos. Una visión excesivamente severa de este Cristo juez y de las calamidades que sucederían antes de su llegada, tal vez hicieron que este aspecto de nuestra fe desapareciera de la prédica más corriente y de la espiritualidad.

Esperando el Reino

Creemos que con la parusía llega el Reino de Dios. Entonces se cumplirán las expectativas, no sólo de los cristianos, sino de tantos hombres y mujeres en todo el mundo. Porque cuando el Reino venga, sólo reinará Dios. Y ya no habrá atropellos de un ser humano contra otro, ni sojuzgamiento de una nación sobre otra, ni ninguna forma de dominio, esclavitud o explotación. Sólo Dios reinará. Entonces, como dice el Apocalipsis “él secará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,5).

Esta es la espiritualidad del Adviento. Es la esperanza activa de quien confía en que Cristo volverá, y por eso se compromete con la propuesta de Cristo, el Reino de Dios. Es la paradoja de vivir en este tiempo que los teólogos describen como “ya, pero todavía no”. El Reino ya está entre nosotros y nosotras, Jesucristo lo trajo, pero todavía no se ha realizado plenamente.

El Adviento es una ocasión privilegiada para acelerar los tiempos del Reino. ¿De qué manera? Practicando lo que nos dice el Apocalipsis: secando lágrimas, jugándonos por la vida, aligerando al fatigado, renovando el mundo.

Así, en la Nochebuena, estaremos contemplando no sólo a Aquel que nació en la pobreza de Belén, sino también a Aquel que viene “a hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

 

María Gloria Ladislao

 

Evangelios  de Adviento del ciclo “C”

Lc 21, 25-28.34-36

Lc 3,1-6

Lc 3, 10-18

Lc 1, 39-45

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