Obras de misericordia

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Las obras de misericordia corporales

1.      Dar de comer al hambriento.

2.      Dar de beber al sediento.

3.      Vestir al desnudo

4.      Visitar a los enfermos

5.      Asistir al preso

6.      Dar posada al caminante

7.      Sepultar a los muertos.

(El resto de las obras de misericordia se irán incorporando a esta página a medida que se trabajen en los talleres.)

3. Vestir al desnudo

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata que, en cierta ocasión, la comunidad cristiana de Joppe mandó llamar a San Pedro, porque había muerto una de sus integrantes, una viuda de nombre Tabitá.

 

Cuando llegó lo hicieron subir a la sala superior y se le presentaron todas las viudas llorando y mostrando las túnicas y los mantos que Tabitá  hacía mientras estuvo con ellas.

Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró; después se volvió al cadáver y dijo:

 – “Tabitá, levántate”.

 Ella abrió sus ojos y al ver a Pedro se incorporó.

 (Hechos de los Apóstoles 9,36-42)

La presencia de Pedro es la oportunidad para que la comunidad constate, no ya la muerte, sino la vida de Tabitá. Ahí estan las obras de sus manos: túnicas y mantos. Abrigo para los necesitados, calor en medio del frío. Horas y horas en las cuales las manos de Tabitá no se ocuparon de ella sino de los otros. Mientras avanza el tejido -un hilo sobre otro- se entraman  fecundamente el trabajo y la oración con  las lanas y los telares. Abrigo y calor que no son sólo refugio contra las malas temperaturas, sino también  tibieza necesaria para seguir viviendo. El regocijo que provoca al necesitado no sólo encontrar una manta, sino encontrar las manos y los ojos de quien llega a ofrecer la manta.

El texto dice que esas túnicas y mantos  Tabitá los hacía “mientras estaba con ellas”,  con las otras mujeres de la comunidad. O sea que vemos aquí a toda una comunidad que emprende, en comunión de amor, esta obra de misericordia. Esas mujeres no daban de la ropa que les sobraba. Ellas trabajaban con sus manos para socorrer a los más necesitados de la comunidad.

El testimonio de aquellas primeras cristianas sigue vigente hoy en tantas personas que ejercen la misericordia acercándose al desnudo, cubriendo al que pasa frío y trabajando con sus propias manos para remediar esas necesidades.

Así,  el trabajo compartido que se hace abrigo y contención, es el signo de la vida que anima a una comunidad cristiana.

2. DAR DE BEBER AL SEDIENTO

 

“Jesús cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía.

Una mujer de Samaría, llegó a sacar agua. Jesús le dice: – Dame de beber.” Jn.4,6-7

 

El Evangelio de Juan nos muestra un Jesús cansado, sediento, consecuencia de andar largo tiempo, bajo el sol ardiente de Judea y Samaría. Lo sorprendente del relato, no es lo que pide Jesús, sino a quien se lo pide, una mujer samaritana. Los judíos y samaritanos, tiene una larga historia de rencor y odio que se remonta al tiempo de la conquista de los Asirios, siglo VIII aC,

¿Qué hubiera pasado si en el momento en que Jesús le dice: dame de beber, la samaritana sabiendo que no puede tener ningún tipo de relación con los judíos, se da vuelta y se va?. Entonces, Jesús hubiera seguido sediento y ella no hubiera transformado su vida. Pero ella se dio la oportunidad.

Hoy Jesús sigue diciendo: “Dame de beber” con la voz de miles de hermanos que no tienen agua para beber y vivir. ¿Nos damos la oportunidad de dar de beber, a nuestros hermanos para así saciar la sed de ellos y transformar nuestra vida?. ¿O con nuestros miedos, prejuicios y comodidad, tratamos de justificar nuestra falta de misericordia?.

Nuestro mundo no sabe o no quiere compartir, la bendición del agua (en hebreo, bendición y estanque de agua se dicen de la misma forma): beraka.

La angustia de la gente sin agua, sin posibilidad de aplacar la sed, por marginación, abandono, o  ausencia de programas adecuados para la conservación y consumo del agua, situaciones que se repiten en nuestros hospitales, geriátricos, calles, barrios…

Ampliando este concepto, Mt 25, 31-46 supone que todos los pobres sedientos son presencia de Cristo: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber… En verdad os digo: cada vez que disteis de beber a los más pobres, me disteis a mi el agua que necesitaba”  (cf. Mt 25, 31-46).

Por eso, mientras haya sed en el mundo, mientras unos acaparen, a costa de  otros, seguirá habiendo sed de justicia, y no se cumplirá la voluntad de Dios en la tierra.

Sólo allí donde todos los hombres y mujeres, pueden beber con dignidad e higiene puede hablarse de vivir el Reino.

Sólo así estaremos dando respuesta al pedido de Jesús: Dame de beber.

¡Derrámate Jesús, agua viva en nuestra realidad!

Que seamos capaces de encontrarte Jesús, en nuestra vida, en nuestra realidad.

Y al encontrarte, nuestra vida cambie, se transforme en instrumento de salvación para otros.

Que tu amor que se derrama como agua viva incontenible, necesaria para vivir,

no quede encerrada en mí, sino que brote a mis hermanos desde mi vida.

1. DAR DE COMER AL HAMBRIENTO

 

“Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer.” (Mt 25,35)

“Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor–: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, …  compartir tu pan con el hambriento…” (Isaías 58, 6-7) 

La Palabra de Dios, en el libro del profeta Isaías irrumpe con esta frase que no puede pasar desapercibida para ninguna persona, sea creyente o no, cristiana o no.

“Compartir tu pan con el hambriento” es una frase que tiene que ver con lo humano, con lo sensible, con todo aquello que nos hace persona.

¿Quién no se encontró alguna vez en situación de compartir el pan? Si no estuvimos en la situación de hambrientos, seguro que hemos tenido la posibilidad de mirar, de estar cerca, o de palpar la triste e injusta realidad de quien padece hambre.

“Dar de comer al hambriento” no es simplemente pasarle algo de comida para calmar el hambre, o esperar un reconocimiento por lo que estoy haciendo. “Dar de comer al hambriento” es,  ante todo, sentirse hermana o hermano de quien padece una situación de injusticia y desigualdad. No le estoy regalando nada, estamos compartiendo lo que por derecho nos corresponde a todos. Y estoy recibiendo todo lo de humanidad  que mi hermano, mi hermana que está viviendo una situación tan indigna, tiene para ofrecerme; porque el gesto de compartir el pan, si es hecho sincera y amorosamente, puede resultar sanador para todos, además de ser una bendición: “Vengan, benditos de mi Padre… porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer” (Mt 25,34-35).

No hace falta tener mucho, o vivir en la abundancia, para dar de comer al hermano. Tampoco darle de comer y seguir la vida  tranquilamente, también hace falta comprometer la vida  en la lucha para que nadie pase por esa situación. Sólo así podremos decir con el profeta Isaías: “Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor”  (Is. 58,8).

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