1. Biografía. Fuentes y fechas.

A. Fuentes para conocer a San Pablo   

Las fuentes de las cuales disponemos para conocer a San Pablo se encuentran en el Nuevo Testamento y son dos: sus cartas y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Estas fuentes son muy diferentes entre sí.

Las cartas fueron escritas por el mismo Pablo, a partir del año 51, en plena actividad del Apóstol, y reflejan a un hombre combativo actuando en aquella iglesia naciente, muchas veces con conflictos e incomprensión. Las cartas brindan algunos datos biográficos, especialmente la carta a los Gálatas. (Más adelante trataremos la cuestión de cartas auténticas y cartas atribuidas).

El libro de los Hechos fue escrito por San Lucas alrededor del año 80 d.C. Ya hacía más de 10 años que Pablo había muerto como mártir, y su figura era venerada por la Iglesia. San Lucas presenta un relato continuado y lineal, donde quiere dar una visión de cómo se fue extendiendo el Evangelio y el papel que tuvo Pablo en esta expansión. El libro concluye cuando Pablo llega a Roma a cumplir arresto domiciliario.

Al confrontar Hechos y Cartas observamos contradicciones en la forma de presentar algunos datos, y en la relación del Apóstol con las comunidades. Por eso se hace necesario un análisis histórico crítico y un trabajo de intertextualidad para obtener algunos datos biográficos.

B. Origen y formación de San Pablo

Pablo procede de una familia hebrea, y su nombre es Saúl, latinizado como Saulo.

Por su vida y su formación, debemos considerar tres aspectos de su origen y su formación que tendrán gran importancia en la tarea evangelizadora del mundo del siglo I d.C. en el que vivió.

Judío fariseo de la diáspora

Flp 3,3-11  3 Porque los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que ofrecemos un culto inspirado en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, en lugar de poner nuestra confianza en la carne, aunque yo también tengo motivos para poner mi confianza en ella. 4 Si alguien cree que puede confiar en la carne, yo puedo hacerlo con mayor razón: 5 circuncidado al octavo día; de la raza de Israel y de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, un fariseo; 6 por el ardor de mi celo, perseguidor de la Iglesia; y en lo que se refiere a la justicia que procede de la Ley, de una conducta irreprochable.
7 Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. 8 Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo 9 y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. 10 Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, 11 a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.
Los fariseos:
Es un movimiento de laicos piadosos. Tienen una constante y hasta obsesiva preocupación por cumplir la Ley de Moisés y las tradiciones legales. La multiplicación de preceptos (llegaban hasta 613) les hacía tener una vida ordenada y segura en lo referente a su relación con Dios: en la medida en que los cumplían eran considerados justos (santos).  Creían en la resurrección, en el juicio después de la muerte, en la existencia de los ángeles y en la espera del Mesías como salvador del pueblo de Israel.
Una práctica importantísima del grupo fariseo era su interpretación de la Biblia. Ellos se guiaban no sólo por lo que estaba escrito en la Ley, sino también por las aplicaciones, actualizaciones e interpretaciones de los maestros, lo que es llamado “tradición” o “ley oral”. Es decir que un fariseo regía su vida siguiendo
* la Ley escrita – la Toráh dada a Moisés –
* y la ley oral  – interpretaciones de los maestros – .
Como laicos, vivían de su oficio u ocupación, que estaba siempre entre las actividades consideradas puras. (Actividades que transmitían impureza eran aquellas que implicaban el contacto con cadáveres humanos o de animales, con estiércol, etc.)
(Podríamos equipararlos, para comprender mejor su lugar en aquella sociedad, con los “católicos comprometidos” que están en algún grupo, movimiento o asociación).
Para ampliar estos datos sobre los fariseos se pueden ver algunas citas:
* posible origen del grupo de los “piadosos”: I Mac 2,39-42;
* tenían prestigio entre el pueblo: Hech 5,34-39;
* su doctrina: Mc 7,1-23;
* sus actitudes: Lc 18,9-14;
* actitud de Jesús hacia ellos: Mt 23,1-32.
De su formación farisea le vienen a Pablo, entre otras cosas:
* el conocimiento de las Sagradas Escrituras y de los métodos para interpretarla,
* y el hecho de vivir de su propio oficio, trabajando con sus manos (era tejedor de tiendas).
En la cultura griega: de Tarso de Cilicia
Hechos 21, 37-40   37 Cuando lo iban a introducir en la fortaleza, Pablo dijo al tribuno:
«¿Puedo decirte una palabra?».
«¿Tú sabes griego?, le preguntó el tribuno. 
38 Entonces, ¿no eres el egipcio que hace unos días provocó un motín y llevó al desierto a cuatro mil terroristas?».
39 «Yo soy judío, dijo Pablo, originario de Tarso, ciudadano de una importante ciudad de Cilicia. Te ruego que me permitas hablar al pueblo».
40 El tribuno se lo permitió, y Pablo, de pie sobre la escalinata, hizo una señal al pueblo con la mano. Se produjo un gran silencio, y Pablo comenzó a hablarles en hebreo.
“Tarso fue una ciudad muy próspera gracias a su posición geográfica, cerca del mar. La ciudad era célebre por la fabricación del “cilicio”, una tela fuerte hecha de pelo de cabras para las tiendas de los nómades. En el taller familiar Saulo aprendió aquel oficio (Hech 18,1-3; 20,34; 1 Cor 9, 13-15; 1 Tes 2,9).
La ciudad contaba con unos 300.000 habitantes. Era además una ciudad universitaria, como sabemos por un géografo griego del siglo I, Estrabón:
Los habitantes de Tarso sienten tanta pasión por la filosofía y tienen un espíritu tan enciclopédico que su ciudad ha acabado por eclipsar a Atenas, a Alejandría y a todas las otras ciudades conocidas por haber dado origen a alguna secta o escuela filosófica… Lo mismo que Alejandría, Tarso tiene escuelas para todas las ramas de las artes liberales. (Geographia, XIV, V.13).
Son originarios de Tarso el poeta Arato, a quien Pablo cita en su discurso en el Areópago (Hech 17,28) y el filósofo estoico Atenodoro, preceptor de Augusto.
La cultura de Pablo es la de un hombre de su tiempo, abierto a las discusiones de la plaza pública.
En el aspecto religioso Tarso se parecía a todas las demás ciudades del mundo mediterráneo, conservando sus antiguos dioses e incorporando los del panteón griego y romano.”
San Pablo en su tiempo, Edouard Cothenet, Cuaderno Bíblico nro. 26, Ed. Verbo Divino, Navarra,1985

 

Pablo es un hombre urbano e instruido. Este aspecto queda de manifiesto en sus estrategias de evangelización:  Resultado de imagen de el discobolo

el recorrido por grandes ciudades, el debate tanto con judíos como también con griegos,
y los ejemplos que toma en sus cartas, ya sea del mundo del deporte, de la organización política, etc.
No encontraremos en Pablo relatos a la manera de las parábolas de Jesús,
tomadas del ambiente rural de Galilea.

 

 

Ciudadano romano
Hechos 21, 24-29   24 El tribuno hizo entrar a Pablo en la fortaleza y ordenó que lo azotaran para saber por qué razón gritaban así contra él. 25 Cuando lo sujetaron con las correas, Pablo dijo al centurión de turno:
«¿Les está permitido azotar a un ciudadano romano sin haberlo juzgado?».
26 Al oír estas palabras, el centurión fue a informar al tribuno:
«¿Qué vas a hacer?, le dijo. Este hombre es ciudadano romano».
27 El tribuno fue a preguntar a Pablo:
«¿Tú eres ciudadano romano?».
Y él le respondió:
«Sí».
28 El tribuno prosiguió:
«A mí me costó mucho dinero adquirir esa ciudadanía».
«En cambio, yo la tengo de nacimiento», dijo Pablo.
29 Inmediatamente, se retiraron los que iban a azotarlo, y el tribuno se alarmó al enterarse de que había hecho encadenar a un ciudadano romano.
Hechos 25, 6-12    6 Festo permaneció en Jerusalén unos ocho o diez días, y luego bajó a Cesarea. Al día siguiente, se sentó en el tribunal e hizo comparecer a Pablo. 7 En cuanto llegó, los judíos venidos de Jerusalén lo rodearon, y presentaron contra él numerosas y graves acusaciones que no podían probar. 8 Pablo se defendía diciendo:
«Yo no he cometido ninguna falta contra la Ley de los judíos, ni contra el Templo, ni contra el Emperador».
9 Festo, queriendo congraciarse con los judíos, se dirigió a Pablo y le dijo:
«¿Quieres subir a Jerusalén para ser juzgado allí en mi presencia?».
10 Pablo respondió:
«Estoy delante del tribunal del Emperador, y es aquí donde debo ser juzgado. Yo no hice ningún mal a los judíos, como tú lo sabes perfectamente. 
11 Si soy culpable y he cometido algún delito que merezca la muerte, no me niego a morir, pero si las acusaciones que hacen los judíos contra mí carecen de fundamento, nadie tiene el derecho de entregarme a ellos. Apelo al Emperador».
12 Festo, después de haber consultado con su Consejo, respondió:
«Ya que apelaste al Emperador, comparecerás ante él».

En las democracias modernas, el solo hecho de nacer en una nación otorga la ciudadanía. En el imperio romano, por el contrario, la ciudadanía era un privilegio de algunos sectores. Consideremos simplemente que se calcula que un tercio de la población del imperio eran esclavos, excluidos de la condición de ciudadanos, y aproximadamente la mitad de la población eran mujeres, y se hallaban civilmente en condición similar a la de los esclavos (existen algunas excepciones en el caso de matronas acaudaladas).

La ciudadanía romana, extendida progresivamente a Italia y a las provincias del imperio, comportaba inapreciables derechos civiles. Un ciudadano romano acusado de un crimen tenía derecho a un proceso público, estaba exento de penas ignominiosas, como la crucifixión, y preservado de ejecuciones sumarias y del linchamiento (Hech 16, 37-38). Pablo apela al emperador, disfrutando de uno de estos derechos y evitando el proceso ante el Sanedrín.
Giacomo Perego, Atlas Bíblico Interdisciplinar, Ed. San Pablo, Madrid, 1999