Derrochadoras

por María Gloria Ladislao 

Según el evangelio de Marcos, las personas que dedican sus últimos cuidados al cuerpo de Jesús, gastan plata. José de Arimatea compra una sábana y las mujeres compran perfumes.

Pilato, informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto. Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. (Mc 15,45-16,1)

Los estudiosos dicen que el dato es, al menos, curioso; si no improbable. ¿En plena víspera de Pascua y de sábado, dónde encontraría José de Arimatea un tendero que le vendiera una sábana? ¿A dónde irían las mujeres de noche para encontrar un perfumista que les vendiera aromas?

El dato es raro pero la indicación es precisa. El verbo que se repite es comprar.

¿Qué hacer con la plata?

Es una pregunta cotidiana. Para quien no la tiene, o la tiene con mucho esfuerzo, la pregunta encierra cuidados y administración,  procurando la atención de las cosas elementales y el sostén de los seres queridos. Para el que le sobra, porque anda buscando nuevos entretenimientos en que gastarla.

¿Y para los que aman? ¿En qué se gasta la plata?

Algo une a José de Arimatea y a estas mujeres con aquella anónima de la cena de Betania. Entonces, medido en dinero, el gasto de aquella mujer había sido calificado de derroche, valuado contra una hipótetica ayuda a los pobres (cf. Mc 14).

¿No es también este un derroche innecesario? ¿Por qué le interesa aclarar  al evangelista que estos elementos – sábana y perfumes – los tuvieron que comprar? ¿No alcanza con recordar que estas personas fueron las únicas que quedaron con Jesús y que le dieron sus cuidados? ¿Por qué hacía falta aclarar además que para esto fueron a comprar?

* * *

 

El amor no se mide en dinero. Pero, al mismo tiempo, sólo cuando amamos a alguien gastamos nuestro dinero en bien de esa persona.

Ver en qué estamos dispuestos a gastar la plata habla de nuestros amores. Más aún, si ni siquiera es negocio.  José de Arimatea no estaba invirtiendo, las discípulas no estaban calculando una operación financiera, la mujer del perfume no estaba haciendo rendir su capital. No habrá rédito ni devolución a futuro para estos gastos. La plata se va en eso, es un derroche. Y en este caso ni siquiera, como sí tuvo al menos la mujer del perfume, habrá una palabra inmediata de Jesús para valorar – sin números – el acto.

Este derroche es comprar lo necesario para un cadáver. Es gastar para un muerto. Nadie lo va a ver, nadie lo va a apreciar, no habrá forma de recuperar la plata gastada.

Ahí se va la última muestra de entrega de las discípulas. Con su dinero compran perfumes que no usarán para ellas. Allí van ellas, sin perfumarse, para que tenga su buen olor el amado.

 

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